TOSCANO, Leandro | Reflexión final
REFLEXIÓN FINAL
Al
principio, me inscribí en esta materia porque, según lo que había investigado,
entendía que era una materia optativa orientada a ayudar en los procesos de
diseño. No sabía mucho más allá de eso, pero intuía que me permitiría explorar
nuevas herramientas o enfoques que complementaran mi formación. En ese momento,
lo que sabía sobre la materia era bastante superficial, aunque me llamaba la
atención el concepto de "heurística", un término que hasta ese momento
desconocía. Después de unas primeras indagaciones, comprendí que la heurística
hace referencia a métodos prácticos para resolver problemas y tomar decisiones
de manera eficiente. Estos métodos no siempre garantizan una solución óptima,
pero son herramientas sumamente útiles cuando se trata de encontrar soluciones
rápidas y satisfactorias, especialmente en situaciones en las que el tiempo o
los recursos son limitados. En términos más simples, la heurística se basa en
la idea de simplificar y agilizar el proceso de toma de decisiones.
Lo
que inicialmente pensaba que iba a ser una materia técnica, orientada a métodos
estructurados como el análisis FODA o algún sistema conocido para atacar
problemas de manera lógica y ordenada, se transformó rápidamente en algo mucho
más complejo y menos predecible. Desde la primera clase, cuando tuvimos que
realizar una actividad que consistía en caminar en círculos mientras
reflexionábamos, supe que la materia no iba a seguir un camino convencional.
Ese ejercicio me hizo darme cuenta de que este curso no venía a proponer
soluciones tradicionales o robotizadas para resolver problemas, sino algo mucho
más profundo. En lugar de enfrentarnos a fórmulas preestablecidas, la cátedra
nos estaba invitando a conectar con nuestro lado más humano, a dejar de lado la
mecanización a la que estamos acostumbrados en nuestra vida cotidiana, esa que
nos exige respuestas rápidas y eficaces sin hacer una pausa para reflexionar.
Lo
que me resultó particularmente enriquecedor de esta materia fueron los
ejercicios propuestos, las bitácoras y las actividades que nos animaban a
desconectar de la rutina y a mirarnos hacia adentro. Todo lo que se planteaba
nos llevaba a generar una mirada catártica de nuestra propia percepción, de
cómo cada uno de nosotros experimentaba las clases y los temas tratados. Aunque
todos estábamos presentes en las mismas clases, observábamos las mismas cosas,
pero nunca llegábamos a las mismas conclusiones. Este fue uno de los aspectos
que más me impactó y que, con el tiempo, entendí como una de las riquezas de la
experiencia. Ahora, llegando al final de la cursada, me doy cuenta de que esta
particularidad de la materia tenía un objetivo claro: ayudarnos a descubrir y
reflexionar sobre nuestra propia visión del mundo y del proceso creativo.
Al
principio, no entendía por qué se nos pedía escribir tanto en las bitácoras, ni
por qué se insistía tanto en que analizáramos cómo nos atravesaban las
vivencias personales de cada clase. Pero ahora comprendo la razón. La carrera y
la vida académica suelen estar tan enfocadas en resolver problemas externos,
relacionados con objetos, con proyectos ajenos a nosotros, que pocas veces
tenemos la oportunidad de reflexionar sobre nuestro interior y cómo las
experiencias nos afectan de manera personal. La materia
nos invitó a darnos ese espacio para mirarnos desde dentro, para dialogar con
nosotros mismos a través de la escritura y la reflexión.
Así, las bitácoras, lejos de ser un ejercicio tedioso, se convirtieron
en un momento de introspección. Nos daban la posibilidad de explayarnos, de
contar cómo las actividades y los conceptos aprendidos en clase se filtraban en
nuestra percepción, cómo se conectaban con nuestras emociones y con nuestras
experiencias previas. Las bitácoras, junto con otros ejercicios prácticos como
la meditación, fueron momentos clave para comprender que el proceso de diseño
no solo involucra el uso de técnicas o conocimientos técnicos, sino también una
profunda conexión con el propio ser y con las experiencias personales.
Además
de este enfoque introspectivo, durante el curso también aprendí conceptos
técnicos que enriquecieron mi comprensión sobre el diseño. Aprendimos, por
ejemplo, sobre la improvisación dentro de patrones, un enfoque que permite
adaptarse rápidamente a situaciones cambiantes y encontrar soluciones creativas
sin estar atados a reglas estrictas. También exploramos las interconexiones
entre contactos, conexiones, créditos y bancos de saberes, conceptos que me
ayudaron a entender cómo se teje una red de conocimiento y colaboración en un
proyecto de diseño. A lo largo de la cursada, comprendí que el diseño no es un
proceso aislado, sino que depende de múltiples factores, como el juego social
entre actores, ambientes y mediadores, algo que abordamos profundamente en la
clase 11.
Todos
estos elementos teóricos y prácticos, combinados con los ejercicios de
meditación y reflexión, fueron los que finalmente forjaron una nueva forma de
pensar, una forma más libre y flexible, que me permitió abordar los problemas
de diseño de una manera más inmediata. Durante el curso, incluso situaciones o
incógnitas que se planteaban en clase se resolvían casi de inmediato, como si
todo estuviera alineado para permitirnos encontrar respuestas de manera
espontánea. Este proceso no solo fue estimulante, sino liberador. Aprendí que,
al liberarnos de las estructuras rígidas y convencionales, podemos encontrar
soluciones mucho más efectivas y satisfactorias.
Ahora, al final de la materia, entiendo que la premisa detrás de todo
esto era justamente esa: ayudarnos a liberar nuestras mentes y nuestras formas
de pensar. Nos ofrecieron las herramientas para poder diseñar no solo con la
lógica y la razón, sino también con la intuición, la reflexión y la conexión
con nuestro propio ser. De esta forma, los problemas dejaron de verse como
obstáculos inamovibles y pasaron a ser desafíos que podíamos abordar con una
mente más abierta, flexible y creativa.
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