TOSCANO, Leandro | Clase 11 (Bitácora)
BITACORA 11
Siempre que uno piensa en el futuro, es inevitable que surja un grado de incertidumbre. A lo largo de mi vida, he llegado a darme cuenta de que una de mis mayores virtudes, pero también uno de mis principales defectos, es la constante necesidad de tratar de domesticar el tiempo. Esta búsqueda de control sobre mi entorno, sobre los eventos y las circunstancias que afectan mi vida diaria, es algo que me ha acompañado durante muchos años. No estoy familiarizado con la idea de no poder controlar las cosas, ya sea en aspectos cotidianos o más específicamente en el ámbito de mi carrera y mi profesión. He aprendido a vivir dentro de un marco donde la organización y la planificación meticulosa son la norma. Sin embargo, cuando la incertidumbre se cruza en mi camino, a menudo me siento desbordado.
La sensación de perder el control
puede ser abrumadora. Al haber estado durante tantos años en un ecosistema tan
estructurado, donde todo tenía que sincronizarse de manera perfecta para poder
cumplir con todas las responsabilidades del día a día, la aparición de
cualquier imprevisto me genera incomodidad. En el ámbito laboral, la
incertidumbre puede tomar muchas formas, desde cambios inesperados en los
plazos hasta la falta de claridad en las expectativas de un proyecto. Esta
actitud, que podría considerarse perfeccionista, ha influido de manera
significativa en cómo enfrento tanto mis responsabilidades como las
oportunidades que se me presentan. En ocasiones, esa necesidad de tener todo
bajo control me ha llevado a perder oportunidades valiosas, tanto en el ámbito
laboral como en mi propio proceso creativo y de diseño.
Recuerdo
una vez, hace algún tiempo, cuando estaba trabajando con un posible cliente en
los detalles de la terminación de su casa. Estaba completamente seguro de lo
que quería transmitirle, y me desenvolvía con fluidez, explicando las razones
detrás de las decisiones que había tomado durante el proceso de diseño y
ofreciendo recomendaciones sobre aspectos estéticos y constructivos. El
cliente, impresionado por mi conocimiento, me preguntó si podía realizar un
plano de las instalaciones eléctricas de la casa. Sin embargo, en lugar de
aceptar el reto con la confianza que había adquirido hasta ese momento, me dejé
vencer por el miedo y la inseguridad. Dado que esa tarea era algo completamente
nuevo para mí, sentí que no estaba preparado para abordar algo que desconocía.
En lugar de aprovechar mi conocimiento y mi capacidad de aprender sobre la
marcha, me sentí intimidado por la idea de asumir algo fuera de mi zona de confort.
Esta
experiencia me hizo reflexionar profundamente sobre mis inseguridades y mis
dudas acerca de si realmente estoy preparado para realizar todas las
actividades profesionales para las que me formé. ¿Qué actores intervienen en el
proceso de diseño? ¿Es posible estar al tanto de todo lo que implica una
profesión tan compleja y multidisciplinaria como la mía? Estas preguntas
surgieron como resultado de mi necesidad de certeza, una necesidad que muchas
veces me limita y me impide aprovechar las oportunidades que se presentan. Sin
embargo, al compartir mis inquietudes con algunos compañeros, descubrí que no
estaba solo en este proceso de duda. Muchos de ellos enfrentaban las mismas
incertidumbres y temores que yo.
Fue a
través de estas conversaciones que empecé a darme cuenta de algo fundamental:
la perfección no es una expectativa realista ni saludable en un entorno
profesional. Uno no puede controlarlo todo, y tampoco tiene que hacerlo. Un
compañero de carrera, con mucha experiencia en diversos proyectos, me explicó
que él nunca tuvo el control total de las situaciones. En lugar de sentirse
abrumado por lo que no sabía, aprendió a apoyarse en los conocimientos de otras
personas, a consultar y preguntar cuando lo necesitaba. Me habló de la
importancia de rodearse de personas con más experiencia y cómo, al apalancarse
en sus conocimientos, pudo realizar su trabajo de manera más efectiva y, sobre
todo, con menos ansiedad.
Este
consejo resonó profundamente en mí, ya que uno de mis mayores obstáculos
personales es la dificultad para pedir ayuda. La idea de molestar a los demás
con preguntas o dudas me genera incomodidad, y a menudo prefiero afrontar los
desafíos por mí mismo, aunque eso implique más esfuerzo o tiempo. Sin embargo,
al reflexionar sobre lo que mi compañero me dijo, me di cuenta de que la
colaboración no solo es necesaria, sino también enriquecedora. Al compartir
conocimientos, uno crece y mejora, y la interacción con los demás puede abrir
puertas a nuevas perspectivas y soluciones que uno no habría considerado por sí
mismo.
Soy consciente de que este es un aspecto que debo trabajar internamente.
Nadie puede hacer todo por sí mismo, y entender que la ayuda mutua no solo es
natural, sino beneficiosa, es algo que me ayudará a superar mis propias barreras.
Escuchar las vivencias de personas que, al igual que yo, tuvieron que aprender
a pedir ayuda y apoyarse en otros, me ha reconfortado y motivado a cambiar mi
enfoque. Al final, aprender a pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino de
madurez profesional y emocional.
Cuando comencé mi primer trabajo en el campo, pude poner en práctica
este aprendizaje. Tuve la suerte de trabajar con personas generosas, pacientes
y abiertas, que me brindaron la seguridad necesaria para preguntar sin temor a
ser juzgado. La seguridad que transmiten los demás es fundamental para que uno
se sienta cómodo en ese proceso de aprendizaje constante. Con el tiempo,
aprendí que compartir conocimientos no es solo una oportunidad para enseñar,
sino también para crecer. Y lo que antes me resultaba intimidante, ahora lo veo
como una parte natural y enriquecedora del trabajo colaborativo.
Comentarios
Publicar un comentario