TOSCANO, Leandro | Clase 12 (Bitácora)

BITACORA 12

En la última clase de la materia, tuvimos que realizar un ejercicio intuitivo que consistía en escuchar una pieza musical propuesta por el equipo de docentes, meditar con los ojos cerrados durante algunos minutos y, acto seguido, escribir lo primero que nos viniera a la cabeza. Este tipo de ejercicio, que mezcla la introspección con el proceso creativo, me resultó sumamente revelador y me permitió reflexionar sobre cómo las respuestas a veces pueden estar más cerca de lo que imaginamos. En esa etapa del año, las preocupaciones estaban más centradas en las entregas finales de la materia y en los diversos inconvenientes laborales que me tocaba resolver, como es común en cualquier estudiante o profesional que se enfrenta a la recta final de un ciclo académico o laboral.

Al llegar al aula, me sentía abrumado por una maraña de ideas desordenadas y tareas que parecían acumularse sin cesar. Pensaba en todo lo que tenía que realizar: preparar proyectos, completar entregas, y, además, lidiar con asuntos laborales que se habían presentado de manera inesperada. En ese estado de agitación mental, lo último que imaginaba era que un ejercicio como el que nos proponían los profesores pudiera tener algún impacto positivo sobre mis preocupaciones. En mi mente, todo era un caos de pensamientos sin resolución, y mi única prioridad era encontrar una forma de poder abordar todas esas tareas de manera eficiente.

Cuando se nos invitó a realizar el ejercicio de meditación, me sorprendí gratamente. Era un respiro necesario, un alto en el camino para desconectar, aunque al principio no estaba del todo convencido de cómo podía ayudarme. Sin embargo, al cerrar los ojos y dejarme llevar por la música, empecé a darme cuenta de que este tiempo de pausa me permitía distanciarme de mis pensamientos dispersos y comenzar a analizar las preocupaciones de manera diferente. Como podrán imaginar, en esos minutos de meditación, mi mente comenzó a dar vueltas alrededor de los problemas que tenía que resolver: los proyectos que debía entregar, los detalles de las tareas que no lograba terminar, y una gran cantidad de dudas relacionadas con el trabajo y mis estudios. Pero en lugar de intentar resolver todo de inmediato, me permití simplemente observar estos pensamientos sin aferrarme a ellos.

Lo interesante del ejercicio fue que, en medio de esta quietud, pude comenzar a meditar sobre problemas muy específicos que estaba enfrentando en ese momento, como los detalles de una carpintería que debía diseñar. Tenía dudas sobre cómo encastrar el vidrio, qué dejar por delante y qué colocar por detrás, si todo debía quedar a filo o no. Comencé a profundizar en estos detalles con una nueva perspectiva, calmando mi mente y analizando cada uno de los aspectos con mayor claridad. Lo que antes parecía un conjunto de preguntas sin respuesta, comenzó a tener forma, y a medida que la meditación avanzaba, empecé a visualizar una posible solución a estos problemas.

Cuando finalmente se nos pidió escribir lo primero que nos viniera a la cabeza después de este breve intervalo de silencio y reflexión, mi respuesta fue muy concreta: me puse a dibujar un detalle constructivo. En ese momento, no solo sentí que estaba encontrando una respuesta clara, sino que también percibí una satisfacción profunda al darme cuenta de que, a través de este ejercicio de meditación, había logrado resolver algo que me había estado preocupando por días.

Al final de la clase, me sentí sorprendido y satisfecho, no solo por haber resuelto un problema técnico concreto, sino por haber experimentado un proceso diferente al que estaba acostumbrado. Este ejercicio me mostró que, a veces, las respuestas a nuestras preguntas no están necesariamente en los libros o en la búsqueda frenética de información, sino que pueden estar dentro de nosotros mismos, esperando ser descubiertas. Sé que esta reflexión puede sonar algo poética, o incluso algo filosófica y metafórica, pero lo que quiero resaltar es que, en situaciones complejas, tomarse un momento para detenerse y meditar puede resultar mucho más efectivo de lo que inicialmente se podría pensar.

Este ejercicio no fue la primera vez que experimentaba este tipo de resolución a través de la meditación. En la clase anterior, la séptima clase, también habíamos realizado una actividad similar y, en ese momento, también logré encontrar soluciones a problemas que me aquejaban. Este patrón de resolución me resultó muy valioso porque demostró que el proceso de meditación tiene el poder de tomar distancia del problema o de la inquietud y abordarlo desde un ángulo completamente diferente. A veces, es precisamente este cambio de perspectiva lo que nos permite encontrar respuestas que no habríamos considerado de otro modo.

En última instancia, lo que destaco de estas experiencias es que, al igual que en los procesos de diseño que llevamos a cabo en la facultad o en los entornos laborales, es fundamental aprender a tomar distancia del problema. A veces, el simple hecho de cambiar el enfoque, o incluso detenerse un momento, puede hacer que veamos una solución que antes nos resultaba inalcanzable. Así, este ejercicio de meditación se convierte en una herramienta poderosa, no solo para la resolución de problemas en el contexto académico, sino también para enfrentar los desafíos cotidianos de la vida profesional y personal.


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