YEBRIN, Tania | Clase 12 (Bitácora)
En clase, una pregunta que escuché, no directamente de ningún docente, sino dicha por un compañero que pasó por mi costado y la soltó como un planteo para sí mismo. Pero en mí fue el disparador para, cuando todos cerramos los ojos y pusieron sonidos, con la mente en blanco, la pregunta dejó su marca: ¿Qué te da sentido? ¿Qué te resuena? Y dejé que mi cabeza fluyera. Yo no terminé de comprender si tenía que escribir palabras o una redacción, y no interrumpí mi mente en blanco. Solo dejé que fluyera. En ese momento, escribí:
“Colores. Movimiento. Fluir. El mutar
de la percepción, la sensación, la intención. Lo visto, lo oído; como reconocer
la mente en blanco en un contexto que vive llenos de colores. Cómo callar uno
la cabeza acostumbrada al caos de ideas. Cómo escuchar la paz donde se dan
órdenes. La ironía de los sentidos que se sincronizan para ceder y anularse e
ir en contra de su función. ¿Cómo apagar lo que en realidad me resuena? ¿Lo que
me da sentido?”
Las primeras tres palabras eran
claramente un reflejo de respuesta que eran para esas preguntas que me habían
quedado en mente. Los colores, el movimiento, el dejar fluir; todo eso tiene
sentido en mi contexto, en mi día a día, en mi balance entre resonancia y almacenamiento;
lo que queda en mí, lo que deja su marca, lo que se acopia. Lo demás fue un
pensamiento que surgió en lo que —debo admitir, difícilmente— trataba de poner
la mente en blanco y no pensar en nada que no fuera la melodía que estaba
escuchando. Justamente esas palabras son lo que conviven en mi mente, lo que
aplico en mi trabajo, lo que disfruto de hacer incluso si se trata de una entrega.
Y siendo noviembre, de los meses mas intensos de la cursada, obligar a mi
cabeza a una monocromía sin que nada moleste, era algo que me inquietaba. No
podía, me costaba. Me inquietaba.
Para la segunda parte de esa
actividad, escribí: “El balance entre el orden y el caos, ordenar el caos o
que el orden sea caótico. Que el sentido esté anclado a lo estético. El tipo de
diseñador que encuentra el problema como oportunidad y el triunfo como avance.
El que sale de su pensar y se anima a adoptar otro para entender, crear y
transformar. Mutar. El que piensa más allá de lo estático y estético. El
balance entre lo teórico y lo práctico, conocimiento y técnica”. Recuerdo
que habían dicho otras preguntas disparadoras relacionadas al diseño, a nuestro
ámbito, y entre las palabras que había dicho antes, en mi inquietud, busqué ese
balance que tuviera sentido en lo que pasaba en mí, en ese caos que no podía apagar
del todo, y que, una de las preguntas, cuestionaba “quién querría ser en el
mundo del diseño” o algo de esa rama. Y pensé en ese balance, como dije antes,
entre la resonancia y memoria, lo que hago y lo que pienso, lo que soy y lo que
sé.
Y cuando me tocó quedarme por mi
cuenta, después de tanto (no) pensar y redactar, simplemente tracé dibujos.
Eran formas que se enlazaban entre sí, anudándose, formándose. Ninguna con una
forma reconocible, sino simplemente que se superpusieran, se enlazaran, cruzaran,
anudaran, giraran, fluyeran. Una representación gráfica de lo que ya
había escrito, de lo que ya había pensado.
Resonar lo entiendo como un proceso donde
algo, idea o concepto, causa una vibración, un eco, una conexión personan que
impulsa buscar y descubrir algo propio, en lugar de que solo recibamos una información
y la recordemos en manera automática. La manera en la que aprendemos y
descubrimos sobre el sentido que le damos a esta resonancia en nosotros, que
deja una huella, que termina siendo parte de uno. Lo comprendí de una manera
donde; lo que resuena es esa marca, esa huella que deja algo que te interpreta,
que te hace vibrar, que te hace reconocer que es parte tuya y no un simple
suceso, objeto o persona. Es parte tuya y que te hace resonar.
(Escribí esto el sábado en la mañana y hoy (martes), al darle una repasada, me quedé pensando. Resonar es más que una reacción; es una comunión profunda entre lo externo y lo interno. No es solo percibir, sino absorber algo al punto de integrarlo, de hacerlo parte de la propia identidad. En este sentido, el diseño se convierte en una herramienta para extender esta resonancia hacia los demás, buscando que lo creado sea un reflejo de algo más universal, pero que a la vez toque lo particular de cada quien. Es en ese proceso, en ese balance entre lo estético y lo simbólico, donde se desdibuja la línea entre lo personal y lo compartido, donde cada forma y cada color pueden trascender su estado inicial para conectar, transformar y, tal vez, dejar una marca que resuene más allá del tiempo o del espacio.)
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