YEBRIN, Tania | Reflexión final

A lo largo de esta materia, fui descubriendo una manera de entender cómo aprendo y cómo me relaciono con lo que creo, con lo que entiendo, con lo que interpreto en desde mi perspectiva y también desde la de alguien más. Mientras cursaba, me fui topando con una serie de ejercicios, reflexiones y debates que desafiaron mi forma de pensar, de leer y mismo responder. Desde los temas de creatividad, identidad, otredad, hasta los análisis del contexto, cada actividad me llevaba a cuestionarme a mí misma y a la forma en que encaro en mi vida personal y en el diseño, planteando una pregunta tras otra. Así como una especie de espiral que siempre parecía volver a lo mismo: ¿qué es lo que realmente quiero expresar? ¿Qué me hace ser lo que soy? ¿El problema es de verdad un problema y ya? ¿El proceso termina importando más que el resultado? ¿Qué es parte de mí y qué es parte de una sociedad en la que convivo?

Cada clase parecía abrirme nuevas perspectivas, algo así como una prueba constante de cómo funciona el aprendizaje heurístico. A diferencia de los métodos tradicionales, en los que uno sigue un camino claro y lineal, este aprendizaje me invitaba a “ir probando”, a equivocarme (y darme cuenta de que mi habilidad para redactar y mantener en mi memoria lo hecho en clase es terriblemente mala), y a tomar mis propias experiencias como herramientas para entender y avanzar. Descubrí, a través de cada bitácora y cada reflexión, que lo que iba aprendiendo en la materia me permitía construir mi propio proceso, adaptarlo, y eso me fue llevando a un descubrimiento que se sentía realmente propio. Pero también me obligó a enfrentarme a preguntas incómodas: ¿cuándo realmente estoy avanzando, y cuándo me estoy quedando en mi zona de comfort? ¿Dónde está el límite entre experimentar y dar vueltas sin rumbo? ¿Dónde soy yo y no el otro?

Uno de los puntos más ricos que encontré en este proceso fue el ejercicio constante de ver el diseño desde el lugar de los otros, o lo que vi como “la otredad”. Hasta entonces, no me había puesto a pensar en cómo mis decisiones de diseño, aunque parecieran pequeñas y simplemente estéticas, podían tener un impacto real y hasta ético. En cada proyecto, había que ponerse en los zapatos de otros, entender sus valores, sus ideas, y, de alguna forma, integrar esos puntos de vista en la bitácora final de ese día. Empecé a ver el diseño como una herramienta cargada de decisiones y de responsabilidad social, un medio que genera reacciones y puede hasta incomodar. ¿Quiénes son los otros que se ven reflejados (o no) en mi trabajo? ¿Cómo pueden mis diseños afectar la percepción de alguien más?

Lo curioso es que, al ver el diseño desde esta perspectiva más amplia, también se fue desarrollando una autocrítica, una reflexión sobre lo que busco transmitir y cómo mis propias experiencias afectan mis elecciones. En una de las bitácoras, me cuestioné cómo mi interés en la creatividad y mi tendencia a procrastinar (algo que trato de superar a diario y fracaso constantemente, para que mentirme) también impactaban en mis diseños. ¿Es posible que esta misma duda y tendencia a postergar se reflejen en mi estilo, en mis elecciones estéticas? La materia me permitió ver cómo, sin darme cuenta, mi propio contexto y mis creencias personales iban moldeando mi diseño, casi como una extensión de lo que soy. A veces siento que estoy en una lucha constante entre lo que quiero crear y las inseguridades que me paralizan. ¿Es este miedo un obstáculo, o puede llegar a ser una fuente de inspiración? ¿Es, acaso, el problema la solución que uno termina buscando?

Hubo ejercicios en los que intenté dejarme llevar, desconectar el pensamiento crítico y simplemente fluir con lo que iba surgiendo. Como el último, la clase 12, donde mencioné el balance entre orden y caos fue otro aspecto que se convirtió en un desafío constante. Pero también hubo momentos en los que tuve que volver a lo técnico, a lo racional, para darle sentido a ese caos. Aprendí que no se trata solo de “dejar que las cosas sucedan”, sino de encontrar una estructura en medio de la exploración, de encontrar una especie de equilibrio. ¿Cómo puedo entonces mantener la frescura y espontaneidad del caos sin perder la estructura que le da sentido al diseño? ¿Dónde está ese punto de equilibrio entre ser espontánea y querer tener el control de todo?

Este recorrido me llevó a entender y ver al diseño es tanto una herramienta de comunicación como una forma de autodescubrimiento. Es un reflejo de mis dudas, mis inseguridades, y mis pequeñas certezas, y es también una invitación a seguir probando, equivocarme y aprender. De ver en distintas perspectivas, a buscar nuevas maneras de entender el mundo a través de lo que creo. Y no es detenerme una vez que creo ya haberlo hecho, es volver a cuestionarme si de verdad lo hice, y volver a hacerlo de vuelta.

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